DO Ribera de Duero (2014)

Ya ha llegado otra vez el verano, y con el verano, las vacaciones, y con las vacaciones, las excursiones enológicas, por supuesto. Esta vez se nos ha añadido un tercer miembro a la expedición, mi primo Juan, que por temas varios, a las ediciones anteriores de estos viajes no pudo asistir y tenía unas ganas que no se le podía aguantar. Así que dejamos que él decidiera el destino, con todas las consecuencias que esta responsabilidad implica, y no se le ocurrió otra cosa que proponer la Ribera de Duero. Así que, carretera y manta, y para allá que nos fuimos.

Como seguimos inmersos en esta omnipresente crisis, intentamos planear un viajecillo lowcost, con carreteras nacionales, apartamento con cocina para no comer cada día fuera, llenar el maletero del coche con verduras del huerto de Castellón, tener la intención de no comprar más vino que el necesario… aunque claro, cuánto vino es el necesario? Ahí lo dejo, que cada uno conteste bajo su buen criterio. Y nada, después de unas 6 horitas de viaje, con control de la GC de por medio, llegamos a Peñafiel, un pueblo en medio de la DO Ribera de Duero, en el cual, a parte de los vinos, hay un castillo medieval precioso. Allí alquilamos un apartamento para los tres, Las Bodeguitas del Duratón, muy cuco, con un pequeño balcón que daba al río Duratón que cruza Peñafiel.

Y fue llegar, comer algo, y a hacer la primera visita a bodegas, como no, Protos. La historia de Protos es tan fascinante como sus vinos, ya que fueron los viticultores de la zona, que con ganas de hacer algo más por sus viñas, se unieron y crearon la primera bodega de lo que hoy se conoce como La Ribera de Duero. De ahí el nombre Protos, que significa “primero” en griego.

En Protos nos encontramos con dos bodegas, la antigua y la nueva. La visita empieza por la bodega antigua donde con un vídeo explicativo (ahora está muy de moda poner vídeos) se llega a entender la filosofía de Protos, y en general, la de la Ribera de Duero. Una vez que se acaba el vídeo nos adentramos en las casi interminables galerías de la bodega de crianza, unas galerías excavadas en la montaña que unen la bodega antigua con la nueva, así que entramos en la bodega antigua y salimos en la moderna para poder degustar sus fantásticos vinos.

Después de la visita, y antes de ir al apartamento a cenar y descansar, nos dimos una vuelta por Peñafiel, ya que la propietaria del apartamento nos dijo que hay un montón de bares donde “pinchar” es fácil y barato… Pues para luego es tarde, con lo que nos fuimos a tomar unos pinchos. Y casualidades de la vida, en el primer bar que entramos, pedimos un vino, y nos sirvieron Protos como vino de la casa, ya nos conquistó el corazón, ya que acostumbrados a los vinos de la casa que vemos por estos lares, eso fue algo digno de alabar.

Al día siguiente madrugamos un poquillo ya que teníamos un par de visitas a bodegas concertadas, una por la mañana y otra por la tarde, para no estresarnos mucho. La primera era Vega Real, en la misma carretera que une Aranda con Peñafiel. Allí nos atendió Jordi, un chico supermajo, que nos hizo la visita desde la viña, donde nos habló de la diferencia entre la Tempranillo de Ribera y la de Rioja, sobre todo a la hora de la maduración, etc, etc… hasta la salas de crianza en barricas, embotellado, crianza en botella, y la sala de catas. Sala de catas por darle un nombre, ya que era más bien un salón de una casa señorial, con sus sofás, su tele, etc, etc… Allí pudimos probar dos de los vinos que elaboran en la bodega, así como un plato de queso de la zona (el fantástico Flor de Esgueva) y otro plato de lomo ibérico, vamos, un almuerzo en toda regla.

Por la tarde nos desplazamos hasta Sotillo de la Ribera para visitar una bodega espectacular. Bodegas Valsotillo (Ismael Arroyo). Y es que la vez anterior que estuvimos en Ribera ya la visitamos y nos quedamos encantados, tanto por sus vinos, por el trato, y sobre todo por lo espectacular de poder visitar una bodega excavada en la montaña. Está ubicada en el barrio de los antiguos Lagares y Bodegas del S. XV al XVIII, donde algunas ya no están en uso, pero otras lo siguen estando, y son auténticas maravillas.

Es una bodega familiar, y eso se nota cuando pruebas sus vinos, ya que no son los típicos vinos de Ribera de Duero de las grandes bodegas a los que estamos acostumbrados ver en tiendas y restaurantes. Tienen algo más, tienen la personalidad de la familia Arroyo, y eso es de agradecer.

Nos atendió uno de los hijos de Ismael, Miguel Ángel creo que fue, y directamente nos fuimos hacia el laberinto de 1200 m2 de galerías subterráneas del S. XVI, donde pudimos ver la crianza del vino en barricas y botellas. A parte de lo espectacular de las galerías, notas esa temperatura y humedad que se mantiene constante durante todo el año, y que le proporciona a los vinos de Valsotillo esas propiedades tan maravillosas. Dichas galerías te llevan directamente hacia la casa donde pudimos degustar 3 de sus fantásticos vinos, dándonos cuenta que son merecedores de todos los premios que han recibido, y si además los acompañas con un buen queso, y algún que otro aperitivo más, pues mejor que mejor. Toda una experiencia de amabilidad, hospitalidad y muy buen vino.

Al día siguiente nos tocaban dos bodegas más para visitar, y las hicimos en una sola mañana.  Empezamos por Tarsus, un pequeño Château francés en medio de la Ribera de Duero, concretamente en el pueblo de Anguix. La bodega es una casa señorial rodeada de un magnífico jardín, y de sus propios viñedos.

Nos atendió Amaya, una chica muy simpática y nos explicó desde la propia viña como se dividía el terreno en las diferentes fincas, y como a partir de ahí se hacía una vendimia controlada en cada una de ellas. Luego entramos en la bodega, y nos mostró la sala de fermentación, crianzas, embotellado, etc… y una vez que ya entendimos como se hacía las diferentes gamas de Tarsus, fuimos a la sala de catas, que de la misma manera que Vega Real, más que sala de catas era un salón  señorial en toda regla, donde pudimos degustar dos de los vinos de Tarsus, con una mini clase de cata a ciegas de diferentes especias para poder hacernos una idea de los aromas a los que nos pueden recordar sus vinos. Como detalle de la visita, nos quedamos en que nos regaló las dos botellas que abrió para nosotros y quedaron a medias, a parte de otra que entraba en el precio de la visita, así que sin haberlo planeado, salimos cargados de Tarsus.

Después de reponer fuerzas haciendo un bocata en la plaza de Pesquera de Duero, fuimos a hacer la que pensábamos que sería la última visita de bodega del viaje. Bodegas Ascensión Repiso, una bodega pequeña, también familiar, en la que la enóloga es la propia hija, y que hacen unos vinos cuanto menos muy interesantes. Es tan familiar que mientras la madre nos hacía la visita, el padre estaba etiquetando las botellas a mano, literalmente, botella tras botella, incluso nos ofrecimos a echarle una mano, pero parecía que ya lo tenía controlado.

Lo que nos llamó la atención son los depósitos de fermentación, que en vez de ser de inoxidable como en la gran mayoría de las bodegas, son de fibra de vidrio, sin mecanismos de refrigeración, ni nada, muy simple pero muy efectivo. Y vamos, sin más dilación nos dirigimos a catar los vinos, y oh! sorpresa, nos encontramos con unos vinazos dignos de admirar. Muy buenos y al igual que Valsotillo, bastante diferentes a lo que estamos acostumbrados cuando oímos las palabras Ribera de Duero. El problema es que son difíciles de encontrar fuera del pueblo, ya que nos comentaron que no tienen distribución fuera de la zona, pero que se pueden conseguir a través de la página web y te los envían a casa por un módico precio.

Y bueno, hasta aquí nuestras visitas a bodegas, bueno, realmente no del todo… Esa tarde la teníamos libre y nos dedicamos a hacer un poco de turismo por el pueblo de Peñafiel, subir al castillo, ir a la plaza del pueblo reconvertida en plaza de toros ya que a la semana siguiente empezaban las fiestas, y bueno, después de dar varias vueltas por el pueblo, ya era una hora prudencial y nos sentamos en una terraza a relajarnos y tomar algún refrigerio. Y obviamente nos sentamos en la terraza donde un cortador de jamón experto daba tapitas de jamón a todo aquel que se sentaba a tomar una consumición… Aquí nos recomendaron varios sitios para cenar, así que cuando se hizo la hora de cenar, fuimos a buscarlos, y en una de esas, nos encontramos a un grupo de hombres sentados en una mesa de una plaza al que preguntamos donde estaba uno de los restaurantes recomendados, nos dijeron que estaba ahí al lado pero estaba cerrado ese día, y como no hay mal que por bien no venga, nos invitaron a entrar a su bodega privada del pueblo, una pequeña galería excavada en la montaña. No tenían crianza de vino, simplemente la utilizaban para guardar su propio vino, y de tanto en tanto hacer una cena como ese día, y tener allí las cosas. Total, que nos invitaron a beber del porrón que tenían ellos y nos dijeron que si hubiéramos llegado un poco antes nos hubiéramos sentado a cenar con ellos. Otro detalle para quitarse el sombrero con la gente del pueblo.

Y bueno, ese puede ser el resumen colofón de nuestra aventura por la Ribera de Duero, gente muy maja, que no duda a invitarnos a una copa de vino cuando vamos a visitarlos, así que, si queréis probar buenos vinos, y descubrir otros Riberas de los que se pueden encontrar en las tiendas y restaurantes, no dudéis en pasaros por aquí.

Y nada, solo me queda dejaros unas cuantas fotos de esa magnífica tarde por el pueblo.

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