Tres Picos 2014 – Solomillo Wellington

Hoy os voy a presentar una especie de sacrilegio culinario que realicé hace unos meses, y que no os lo he mostrado todavía por falta de tiempo y problemas técnicos (vaya, por vagancia).

En la cocina es muy divertido improvisar e innovar, aunque algunas veces estas innovaciones vayan en contra de una receta tradicional como es el Solomillo Wellington. En mi caso, el hándicap que tenía es que no quería hacer todo el solomillo de cerdo entero, ya que esta receta me la hice para mi mismo (llamadme Juan Palomo si queréis), así que en vez de realizarla con su ingrediente principial titular, la hice con una pechuga de pollo, que bueno, para mi propósito de ese día ya me iba bien.

La receta es muy sencilla, y seguramente en páginas de internet dedicadas a la cocina os la explicarán mucho mejor que yo. Solo os quiero mostrar la sencillez de la misma.

Para empezar, se marca la pechuga de pollo en una sartén, y se reserva. Se extiende la masa de hojaldre y se pone una base de paté (el que más os guste, yo creo recordar que le puse paté a las finas hierbas). Encima de la base de paté, extendemos varias lonchas de jamón (esto es como todo, cuanto más caro sea el jamón que pongáis más rico saldrá el plato…), y justo encima la pechuga de pollo, que la podéis pintar con un poquito de mostaza de Dijon (sin pasarse que pica un poco). Y ya podéis empezar a cerrar la masa de tal manera que la pechuga quede en el centro envuelta por el jamón, el paté y el hojaldre como última capa. Algunos también le ponen otra capa de champiñones hechos a trocitos, y puede ser que más cosas, vosotros mismos, y lo que os queráis complicar la vida. Una vez lo tengáis cerrado, lo pintáis con huevo batido para que se dore bien en el horno, y le podéis poner un poco de sésamo por encima que siempre queda bien. Y ya solo falta meterlo en el horno unos 30 minutos (siempre vigilando que no se queme el hojaldre, así que leed las instrucciones de la masa antes). Et violà, ya tenemos nuestro solomillo Wellington sui-generis.

Este plato lo podéis acompañar con un poco de mostaza a la antigua, o de Dijon, o bien hacer una salsa con alguna de las dos mostazas (o una mezcla de las dos). Eso ya os lo dejo a vuestro buen hacer.

Para que el sacrilegio no fuera demasiado grande, lo decidí acompañar por una de las grandes garnachas que nos brinda Aragón. En concreto el Tres Picos de Borsao. Una garnacha muy madura y sabrosa de la DO Campo de Borja, y a un precio más que razonable dada la calidad del vino. Sí que es cierto que la botella la podéis encontrar entre 13 y 15€, pero de tanto en tanto, os podéis dar un capricho, que la vida es muy corta para beber vinos malos…. A nivel de cata, podéis encontrar un vino muy aromático, con notas balsámicas y especiadas, pero sin olvidar la esencia de la uva mostrada por aromas de frutas negras muy maduras, casi compotadas. En boca es sedoso y equilibrado, con un tanino maduro suave y una acidez elegante, aun así se dejan notar sus 15 grados de alcohol.

Pues ya véis, no es tan difícil improvisar ni innovar en la cocina, solo que sé a ciencia cierta, que es posible que después de publicar este post, me empiecen a amenazar fundamentalistas del solomillo Wellington.

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